Un checklist de cierre con criterio medible. No «limpiar la campana», sino «filtros desmontados y sin grasa al pasar el dedo». Lo que no se puede comprobar, no se cumple.

Llegas a las ocho y la cámara está a nueve grados, hay producto sin tapar y nadie sabe quién cerró. No es mala voluntad: es que «dejar todo recogido» no es una instrucción, es un deseo.
Los checklists fallan por largos y por vagos. Treinta puntos que nadie lee, escritos de forma que dos personas los cumplen de dos maneras distintas.

Sí. De hecho cuanto más pequeño el equipo, más falta hace: cuando cierran tres personas distintas cada semana, el criterio escrito es lo único que iguala el cierre.
Va al checklist semanal. El tope de doce no es capricho: por encima, el cumplimiento se hunde y acabas con un papel que se firma sin mirar.
Esto no sirve para castigar a nadie. Sirve para que el que abre mañana no se encuentre una sorpresa, y para saber a quién preguntar cuando algo falle.